No ser así

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Casi todos los días que salgo a correr suelo llevar mi inseparable Iphone conmigo. Ya sé que supone no desconectar de las llamadas ni en ese momento de relax pero es que mi inseparable Iphone me permite, a la vez que corro, ir escuchando los programas que RNE cuelga en podcasts en su web. En una delicia recorrer las dunas de El Espartal escuchando programas como El ojo crítico o los fabulosos Documentos de RNE, basados en su inigualable archivo radiofónico. RNE cobija toda una época en la que la información y las entrevistas no eran un producto de casquería porque los profesionales que hacían aquellos programas destilaban un respeto conventual hacia los oyentes. Y porque se adoraba la Cultura por encima de todo, como la única posibilidad de alejar al hombre de sus ancestros mas rupestres y tribales.
Hace unos días escuché un maravilloso documental  sobre Juan Benet pero ayer escuché otro aún más hermoso sobre Carmen Díez de Rivera, la musa de la Transición y uno de los personajes mas influyentes en la historia reciente de España. La historia de Carmen Díez de Rivera es apasionante. Tan relevante como triste. Desde su matrimonio frustrado con el que resultó ser su hermanastro, hasta la terrible distancia que ese hecho marcó con su madre y con Serrano Súñer que permitieron cobardemente el noviazgo de dos hermanos. Hay pocas vidas en las que los secretos jueguen un papel tan crucial como en la vida de Carmen Díez de Rivera. De todas las frases que se dicen de la infortunada Musa de la Transición hay una que me llamó la atención por su vigencia. La dice Díez de Rivera refiriéndose a la clase política de aquel tiempo: "Me preocupaba mucho ser una cínica o ser una farisea, me preocupaba mucho el poder faltar a mi palabra como se hacía a menudo en aquel ambiente. Desde el primer momento puse todo mi esfuerzo en no ser así."
Y así lo hizo. Cuando se convocaron las elecciones de 1979, ella y Suárez hicieron un pacto para no presentarse a las elecciones dado que partirían con una gran ventaja al estar en el Gobierno ya. Ella cumplió su palabra. Suárez no. Y se presentó y ganó con la UCD. El que acertó con su decisión fue Adolfo, dice Lito, su secretario personal.....En fin, qué poco respeto guardan algunos hacia la palabra dada.

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Revista Alternativas Económicas, número de Octubre de 2014. Andreu Missé entrevista a Jiménez Villarejo:

P:Ahora, con la autoinculpación de Pujol aquella historia de Banca Catalana vuelve a la actualidad.

R. Hemos encontrado en los últimos días un dato muy relevante. Es el escrito que presenta la fiscalía el 30 de Octubre de 1986 en el que se aporta un informe de Banca Catalana que como entidad bancaria aún existía aun que ya bajo el control del BBVA. El importe dice que de la venta de las acciones de Banca Catalana, 22 millones de pesetas se destinaron al pago del impuesto de sucesiones por la trasnmisión hereditaria derivada de la muerte de Don Florenci Pujol Brugat. Esto quería decir que se habían desviado fondos del importe de las acciones al pago de un impuesto que solo beneficiaba a un consejero, Jordi Pujol Soley y familia. Impacta conocer ahora este dato.



IMPACTA SABER QUE UN MES ANTES, BURÓN BARBA HABÍA SIDO CONMINADO A DIMITIR COMO FGE.

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Los comentarios de Antonio Muñoz Molina en Babelia. Desde que leí su entrada sobre González Ruano me ponen cada vez de peor humor.
Ayer, canto floral a Modiano que no comparto. El París de Modiano es una ciudad literal... No Antonio, no, el París de Modiano no existe mas que en la cabeza de Modiano. Y llegamos al clímax, a Dora Brüder, para mí también su mejor trabajo porque es el mas corto. Como dice MM, Dora Brüder es un trabajo de investigación sobre una adolescente judía cuyo nombre se pierde en la terrible penumbra de la persecución nazi. Cierto que Modiano pudo hacer el reportaje de su vida. Pero eligió las ventas y transformó a Dora Brüder en un personaje de novela. Es por ello que ahora, pese a lo que alega AMM, ya no sabemos siquiera si los asesinos o los traidores eran falsos. Hay lugares y momentos tan sensibles para construir una historia crítica de nuestro pasado que la ficción debiera estar prohibida en ellos.







Los factores de un comienzo

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Los horas más alegres. Los placeres y los días. Los gozos y las sombras. Las hojas amarillas. La avenida de los museos. Ya dijo Manuel Rivas, añorando su tierra, que "Madrid en otoño es un imperio de  cosecheros de hojarasca".
Esta mañana he salido a correr antes de que amaneciera. Unos 20 grados de temperatura y una ligera llovizna. El clima ideal para un corredor de fondo. Además, tras una semana de parón vuelvo a estar como una moto, con esa rapidez y ese confort que dan los momentos de buena forma física. El lateral de la Castellana, a esas horas de la mañana, es un circuito ideal. Apenas hay gente y tienes la ciudad para tí, toda, rendida a tus pies cansados.
Y luego, esa rutina mañanera tan gloriosa de arrasar con medio quiosco de papel. Es llegar a Madrid o a París y arrasar con todas las revistas del mundo, que son un camino sin retorno. Es una de las penas de vivir en provincias. No puedes leer los magazines franceses de literatura, de política o de ciencia, que son como enciclopedias, y es un sufrimiento muy íntimo, casi hemorroidal. A Madrid solo le faltan unas cuantas brasseries que hagan cruasanes de mantequilla para estas mañanas tan dignas. El churro, la porra, son armas de la industria farmacéutica para estimular el consumo de atorvastatina.
Y al final, regresas al hotel con toda la mercancía, sintiéndote el rico Epulón y te duchas y te metes rápido en la cama, bajo el nórdico, abrazando el cuerpo mas querido que te espera desperezándose: "¿Qué hora ej?".

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Leo la estupenda columna de Espada justo en el Hotel Suecia, allí donde hace 9 años un joven airado que recordaba al falangista Tovar, conminó en un coloquio a Savater, a Espada, a Roberto Blanco Valdés y a Rosa Díez  a que expresasen con claridad qué era para ellos "La idea de España". Fue cuando Savater dijo que la idea de España a él "se la soplaba". El viento llegó hasta Arcadi, a quién se la soplaba la idea de Cataluña. Entre tanta música de viento al joven airado acabaron por ponerlo nervioso y se quedó sin respuestas, obligado a callarse por Rosa Díez, que le llamaba impertinente. Se quedó sin respuestas pero sus preguntas aún vagan por las habitaciones de este mítico hotel como si fueran fantasmas.
Pues también nosotros estamos airados con el rumbo y el ritmo de las cosas. Y hay muchos que ya hemos decidido dar un paso al frente. Y decir a todo "sí me importa". Y hemos decidido que Deliberar será, pronto, la mejor respuesta.


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¿Como va estar en decadencia un país donde cada día nacen nuevos periódicos o revistas? ¿Donde los transexuales en Avilés tienen similares problemas, incluso menores, que los transexuales de San Francisco? Un país donde escribe gente como Boni de la Cuadra, que con sus 70 años, es una lección andante de periodismo verité, una crónica de la realidad hiperrealista, sin porqués ni suspicacias que la enturbien. ¡Qué coños decadencia, si todo Nueva York habla hispano! Y sin inmersiones. Solo con el brío de la vida.


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Resultado de la votación 45-0. Es para estar contentos. Muy contentos. Se ha ganado de forma arrolladora una batalla muy importante. Nunca Asturias apostó de forma tan rotunda por una práctica concreta de la Salud Mental comunitaria. Pero ya saben, todo fue cosa de la prensa y de algún profesional, muy profesional....En concreto de JM. Y de JM. Y de JM. Y de 800 familiares y usuarios y de 200 profesionales.
Lo terrible ha sido comprobar la apropiación partidista que algunos políticos hacen de logros sociales, de logros que son de todos. Hace muchos años que le preguntaron a Felipe González que si tuviese que elegir entre Libertad y Seguridad,  qué elegiría. Sin dudarlo dijo que la Seguridad del Estado. Que es lo que muchos políticos confunden con la seguridad.... del estado de su sillón.

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Años después, frente al pelotón de fusilamiento, recordé aquel día en que me preguntaron irritadas ¿Pero qué es el Modelo Avilés? Y entonces supe con total certeza que no hay peor elección en la vida que el autoodio, que la cobardía, que la taquicardia, que el sudor frío. O sea, que el miedo....Que tengáis suerte, queridas amantes del cerocero.

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El amigo Antonio, el mejor MAP madrileño, empieza la cara B de la vida.





Perros que hablan

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El sábado vimos en el Valey, excelente sala de teatro, el último montaje de mis adorados Joglars: El coloquio de los perros, basado en una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes. Cipión y Berganza son dos perros a quienes una noche se les concede la facultad de hablar. Y así, durante unas horas, ambos canes elaboran una visión del ser humano tan descreída como indulgente con sus miserias. El montaje es bueno. Y no vamos a descubrir ahora a Ramón Fontseré, ni a Dolors Tuneu, ni a Pilar Saenz. Con estos mimbres, Joglars hacen una actualizada versión de una de las mejores novelas cervantinas, ésas sobre las que algún desalmado escribió hace poco que son el evidente resultado de que Cervantes se agotó en El Quijote. Pues no, aquí está El Manco de Lepanto con toda su fuerza, trocando el desencanto por una sonrisa, expresando sus precauciones hacia el buenismo y la sensiblería y envasando las penas del día a día en un ánfora repleta de sano estoicismo.

"Qué le voy a decir.. si solo somos perros que hablan", le dijo un día en un funeral Tierno Galván a un amigo, según cuenta Félix Bayón en la dedicatoria de su novela ADOSADOS, finalista del Nadal de 1995. Esa majadería dicha por el Viejo Profesor es una las frases que el psicoanálisis difundió para hundir el legado del gran Pavlov, el ruso que "caminó hacia el espíritu a lomos del experimento para transmitir la enseñanza evolucionista fundamental: que el hombre no escapa al medio". El hombre que levantó el primer sello para aclarar el libre albedrío, la facultad de obrar o de no obrar. Nada que tenga que ver con el habla de los perros.

















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Según la Teoría del Sujeto concretada por Carlos Castilla del Pino, un "sujeto deshonesto" sería aquel en cuya vida no hubiese correspondencia entre los ámbitos público, privado e íntimo de su existencia. Anna Caballé hizo un durísimo retrato de Umbral como sujeto deshonesto.  Rosa Sala Rose lo ha hecho de César González Ruano, por similares razones. Ayer, en el impagable UNPLUGGED dominical de Jabois me entero de que Gabriel García Márquez, el gran Gabo, a quien despedimos con flores amarillas y cantando al amor, distinguía tres estancias del alma: la pública, la privada, y para evitar males mayores, ¡la secreta!. ¿Quién se atreve con Gabo?

Y créanme gente....

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La presunta heroicidad del Fiscal Jiménez Villarejo en el Caso Banca Catalana. Esa injustísima frase de que los fiscales generales del Estado nombrados por el PSOE consiguieron parar la investigación. Todos menos el primero: Luis Antonio Burón Barba. Como cuenta Carlos Castilla en sus Memorias, en la Casa del Olivo. Puedo imaginar aquellos años y aquel ambiente. Jiménez Villarejo y Mena. Un soplo de los gordos. Un soplo de los que pueden llevarse por delante a un Gobierno, el de la Generalitat catalana. Ya veremos de donde salió. Un avión. Puente aéreo a Madrid. Por el camino intentaron que nadie desinflase el globo. En Madrid van a ver a Burón. Burón el labrador calderoniano que describe Vicent en La Palanca, única columna homenaje a un hombre íntegro. Burón revisa la documentación y decide actuar en consecuencia. No le dolían prendas. Antes había recurrido por blanda la sentencia del 23F. Y había abierto expediente a los magistrados Varón Cobos y Hermida por el caso Bardellino. Burón informa al Gabinete de FG. Pasan unos días, pocos. Y como cuenta Castilla, la cadena se pone en marcha. Montesquieu ha muerto, dijo Alfonso Guerra y actuó en consecuencia. ¿Ministro de Justicia? Fernando Ledesma. Y a los poco días, Luis Antonio Burón Barba siente que no puede desempeñar la función que le encomienda el orden jurídico por injerencias externas y dimite.
Luego viene Javier Moscoso. Tampoco hizo nada por frenar nada. Mataron a Carmen Tagle y prefirió irse. Y luego sí, pongan lo de Jiménez Villarejo, la vergüenza de la Audiencia de Barcelona y tal... Pero nunca se fue Jiménez Villarejo. Ni Mena. Por Banca Catalana solo dimitió una persona: Burón Barba. Un hombre que era una palanca para seguir viviendo con fe en la Justicia.
Y estoy casi seguro que hoy día puede estar sucediendo con Banca Catalana lo mismo que entonces.


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Un país de perfil

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Momentos de cambio, de incertidumbre, de no saber qué hacer, de no saber por donde tirar. Nunca me han gustado estas épocas ni esas posturas. No van con mi corte de carácter. No creo que haya nada de lo que tenga que ocultarme ni avergonzarme. Procuro mantener, como dijo el sabio, la coherencia y la serenidad. Creo que es suficiente material para poder defenderse. Con humor y distancia. Y si vienen mal dadas, pues habrá que remar para volver a buen puerto. A fin de cuentas, como contaba Torga, la bueno de la vida es vivirla. Por eso no entiendo a la gente que está de perfil. Hay demasiada gente de perfil en España para los tiempos que corren. Tú preguntas en UPD ¿Estás por el pacto o no? Y la gente te dice, "perdone, estoy de perfil, a ver qué va pasando...". Tú preguntas que a ver qué te parece el desastre gestor y la desintegración moral de tal o cual político y la peña, silba y mira para otro lado, ofreciéndote su perfil más diestro. Tiempos que necesitan lo contrario, liderazgos firmes, gente valiente, que no le tema al timón de la nave en la tormenta. Porque navegar con el mar como un plato lo hace hasta un niño de 10 años. Me resulta curiosa la expresión "estar de perfil". Como si el estar de perfil te hiciera un hombre invisible. En el fondo, muy en el fondo, mi alma atormentada acierta a comprenderles: los hijos, las hipotecas, las putas, la coca, el fútbol del domingo, los gintonics....son temas que te atan demasiado a la vida como para cambiarlas por un puñado de ideas. Estaría satisfecho si al final de mi vida no tuviese que recordar que hubo-un-día-en-que-yo-también-fui-un-cobarde.



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 Leo en La democracia frívola, el último Correo Catalán de Arcadi Espada: "La democracia es la celebración del otro". Cuando la democracia que hemos disfrutado en los últimos 30 años ha sido, básicamente, la proscripción del otro. Y me parece una frase tan oportuna y redonda como el Elogio de la imperfección, de Rita Lévy Montalcini, cuyo rostro de augusta patricia de 101 años veo en cuanto levanto la cabeza en mi escritorio. ¡Cuantos malos pensamientos no habrá ahuyentado la fotografía de esa minúscula mujer que hizo palidecer de envidia al mismísimo Primo Levi!

 



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 Gracias inmensas a Manuel Jabois, a quien no conozco personalmente, por denunciar en una docena de maravillosas líneas que aún hay lugares donde el Estado español aparca o estabula a sus hijos más débiles. Y gracias, lógicamente, por la referencia a nuestros ETACs de Avilés y Oviedo. Esta vez le toca a un servidor poner su nombre pero detrás está la gente. En concreto cerca de unos 350 profesionales entre ambas áreas.
Gracias al Pleno del Ayuntamiento de Avilés, que el pasado viernes, por doble unanimidad, acordó exigir al Principado la continuidad de nuestros Equipos. Me agradó que problemas así, que afectan tan dramáticamente a nuestras familias lleguen a discutirse allí donde reside la más alta representación de la voluntad popular: en las instituciones democráticas. Uno puede sentirse muy orgulloso de su trabajo tras escuchar los discursos de los representantes de TODOS los grupos políticos. Especialmente a IU que planteó la moción y los partidos que se esforzaron contrarreloj para apoyarla. Me agradó mucho la defensa de los pacientes que hizo el representante del Grupo Popular, por encima de dispositivos y de gobiernos. Y los piropos a la valía profesional de un servidor que vertió Doña Enriqueta García, representante de Foro. Ah¡ las mujeres...Me pierden.

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Vamos a ver. LIBRESEIGUALES se presenta en Valladolid el 1 de Octubre. Y ¡como no! acudirá Cayetana. Ya le he dicho al organizador que le dé dos besos de mi parte. Pero que no se me entusiasme...que nos conocemos...

LIBRES E IGUALES, JUNTOS Y DISTINTOS

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 Una guerra civil



 A esta hora, en las calles de Barcelona, miles de personas están conmemorando una guerra civil. Es un raro ejercicio. Su intención no es que el recuerdo sirva a la razón y a la convivencia. Su intención es que la herida permanezca. Hace trescientos años, en el asedio de Barcelona, murieron cerca de veinte mil personas. Ingleses y franceses en el lado borbónico; alemanes y holandeses en el lado austracista… Pero, sobre todo, murieron españoles. Españoles que luchaban en un bando y en otro. Murieron atacando o defendiendo la montaña de Montjuic. Por las calles de la ciudad amurallada. Bajo una lluvia de bombas. Cuerpo a cuerpo, español contra español. El 11 de septiembre empezó a celebrarse a principios del siglo XX. Aunque la conversión de la matanza en fiesta nacional data de la primera ley aprobada en 1980 por el parlamento catalán. No fue una decisión que el entonces presidente Pujol tomara en solitario. Lo apoyaron todos los partidos parlamentarios. Y no hubo un gran debate ciudadano. Algunas personas propusieron, con cierta timidez, la alternativa de San Jorge. El Sant Jordi catalán añade a su origen religioso un amable carácter civil basado en la costumbre, reciente aunque cuajada, del libro y de la rosa. Pero nunca llegó a considerarse con seriedad. Se prefirió la evocación de un episodio sangriento a una pacífica consagración de la primavera. El reproche más extendido que se hizo entonces al once de septiembre tuvo un carácter irónico. ¿Cómo era posible que una comunidad política decidiera celebrar su presunta desaparición? ¿Cómo era posible que prefiriera «la desesperación a la esperanza», por utilizar las palabras de Henry Kamen? Celebraban, celebran, la herida. Una herida entre españoles. Su intención era, y es, que la herida permanezca. Ellos lo llamaron, sin embargo, el día en que Cataluña se rindió ante España y perdió su libertad. A partir del primer gobierno nacionalista, el mito del once de septiembre de 1714 adquiría solemne formalidad institucional. Pero aunque el mito se vista de decreto, mito se queda. Sólo desde la ignorancia o el fanatismo puede presentarse la Guerra de Sucesión como una guerra de España contra Cataluña. La Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica. Una guerra internacional. Y una guerra civil. Una guerra civil entre españoles y una guerra civil entre catalanes. La guerra se libró a lo largo y ancho de España: de Extremadura a Mallorca; de Sevilla a Vigo; de Cádiz a Navarra. Y, por supuesto, en Cataluña, Aragón y Castilla; en Barcelona, Zaragoza y Madrid. La guerra abrió trincheras entre los distintos reinos de la antigua Monarquía. Sí. Pero también las abrió en el interior de cada territorio. Hubo partidarios de Carlos en Castilla y defensores de Felipe en Cataluña. Austracistas en un sitio y en otro. Borbónicos aquí y allá. No hubo un candidato catalán y otro español. No hubo un ejército catalán y otro español. Los dos lucharon en nombre del Rey de España. Los dos celebraron sus victorias como victorias para España. Y los dos lloraron sus derrotas como derrotas para España. Más de siete mil seguidores de Felipe V abandonaron Barcelona cuando las tropas de Carlos tomaron la ciudad en 1705. Los borbónicos no eran una minoría residual. Hay algunas preguntas que hacerse: El último almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera y Ponce de León, ¿era menos castellano o un mal castellano por apoyar al archiduque Carlos? Las ciudades de Cervera, Berga, Ripoll o Manlleu; el valle de Arán, ¿eran menos catalanas que otras ciudades o comarcas de Cataluña por defender a Felipe V? ¿O es que incurrían ciega y colectivamente en el autoodio, esa patología inventada por el nacionalismo para decretar la muerte civil del discrepante? ¿Y quiénes eran más catalanes, de una catalanidad más depurada? ¿La nobleza urbana y la burguesía ilustrada, que ensalzaban las reformas introducidas por los Borbones en Francia? ¿O la aristocracia rural, el clero y los comerciantes y artesanos, que las rechazaban por amenazar sus privilegios? No hubo una Cataluña buena y otra malvada. No hubo una sola Cataluña. Hubo tantas como sus ciudades, tantas como sus facciones políticas, económicas y sociales. Tantas como sus habitantes. Tantas. Como ahora. Esas Cataluñas fluctuaron con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos. Ciudades como Tarragona, Lérida y Gerona cambiaron de bando varias veces. Barcelona sólo cambió una vez, pero con consecuencias trágicas. A unos pasos del antiguo mercado del Borne, hoy convertido en monumento a los mitos de 1714, se levanta una marquesina que parece haber escapado a la manipulación nacionalista. Es la última arenga del general Antonio de Villarroel a los hombres que defienden Barcelona del asedio. Dice así: «Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer.» El 11 de septiembre de 1714, a las 3 de la tarde, Rafael de Casanova firma el último bando austracista. La ciudad caerá al día siguiente, poco después del mediodía. Casanova pide a los barceloneses que derramen hasta la última gota de sangre. «Se confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España». «La libertad de toda España». Por eso decían luchar los unos en 1714. Por eso mismo decían luchar los otros. Tenían convicciones diferentes. Discrepaban en sus intereses. Pero les unía la coincidencia fundamental de España. Y les unió la derrota. La guerra de Sucesión fue un dramático episodio para España. Perdió territorios, influencia, tiempo y vidas. No hubo en 1714 dos sujetos políticos ni dos identidades enfrentadas: Cataluña y España. Tampoco las hubo en 1936. Tampoco las hay ahora. Esta es la verdad que el nacionalismo ha borrado del pasado para que no arruine su presente. El nacionalismo precisa hacer de Cataluña una sociedad unánime, impermeable al pluralismo, identitariamente pura y abocada al enfrentamiento con España. Su empeño es firme. Pero estéril. A esta hora miles de personas conmemoran en Barcelona una guerra civil. Libres e Iguales repudia que el 11 de septiembre sea la fiesta nacional de Cataluña. La celebración supone una afrenta histórica y ética, por más que esté sólidamente institucionalizada. El 11 de septiembre solo tiene un sentido acorde con la verdad: fue el día triste y resignado de recoger los cadáveres de los hermanos. El inicio del duelo. También el de la represión inexorable. Catalanes contra catalanes, españoles contra españoles, ese es el paisaje de 1714 y de todas las guerras que vinieron luego. En ninguna de ellas se ha dado el hecho turbia y desdichadamente fantaseado por el nacionalismo: una guerra donde un ejército de españoles luchara contra un ejército de catalanes: unos por anexionarse Cataluña y otros por ejercer su absoluta soberanía. Justo ese momento que expresa el himno nacional de Cataluña, Els Segadors, un himno falsamente tradicional, que se inventó a fines del siglo XIX, y donde el cuello de esa gente «tan ufana y tan soberbia» de Castilla es rebanado por las hoces catalanas. Así los nacionalistas lograron que el relato de la falsa contienda entre españoles y catalanes se reforzara con una épica musical. También en este caso había un alternativa emocionante, arraigada y desdeñada: El Cant de la Senyera, de Juan Maragall y Luis Millet. Catalanes y españoles nunca han peleado por ser lo que son, llevados por un odio xenófobo. En los enfrentamientos españoles, ciudadanos catalanes y ciudadanos castellanos, vascos, han podido matarse por la religión, por los tributos, por la libertad, por el fascismo o por el comunismo. Los españoles han luchado, y a veces con ferocidad y contumacia, para seguir siendo españoles. Es verdad que para seguir siéndolo a su manera. Y es verdad que esa manera podía ser moralmente muy distante. Pero jamás se mataron para dejar de ser españoles. Los hechos son irrevocables: en más de quinientos años de historia compartida jamás hubo una guerra de secesión española. La reconciliación El poeta Jaime Gil de Biedma escribió que «de todas las historias de la historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal.» Sus versos han reafirmado a quienes cultivan la resignación: esa visión limitada, rudimentaria, de una España diferente, binaria, crispada, empeñada en su propia destrucción. Pero esta no es la visión de la historia. Ni siquiera la del poeta. Gil de Biedma escribe contra la metafísica de la derrota que sirve a los intereses particulares y a la irresponsabilidad general. Habla de una «historia distinta y menos simple». Una historia sin demonios cuyos dueños sean los hombres responsables. Los ciudadanos. Esa es también la historia de España. La gran historia de las reconciliaciones españolas. La historia que acaba bien. Contemos la historia de España como una suma de puntos de luz, de concordia, de cordialidad, de reconciliación. La capacidad de compromiso que demuestran los representantes de la Corona de Aragón cuando en Caspe eligen a un castellano, Fernando de Antequera, como sucesor. La paz de Viena que firman Felipe V y Carlos VI, con su garantía de que «habrá por una y otra parte perpetuo olvido». Perpetuo olvido de los horrores cometidos por las dos partes. Perpetuo olvido para regresar los combatientes libremente a su patria. Perpetuo olvido para gozar de sus bienes y dignidades «como si absolutamente no hubiese intervenido tal guerra». El pacto fundacional por el que España se integra en la modernidad política: la Constitución de Cádiz, por y para los españoles de ambos hemisferios. Para que sean ellos por primera vez los dueños de la nación y de su historia: titulares de la soberanía, libres, independientes y nunca más «patrimonio de una familia o persona.» El abrazo difícil y fraterno que en Vergara pone fin a la primera gran guerra entre liberales y carlistas. El discurso conmovedor que pronuncia Manuel Azaña en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. Este impresionante discurso de la reconciliación que entonces no fue. En el que aclara que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta». En el que advierte que no es aceptable ni posible «una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario» porque siempre quedarán españoles que quieran seguir viviendo juntos. En el que anticipa que la reconstrucción de España «tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto» y la paz, «una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres (…) para hombres libres.» Y en el que sentencia que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra (…) sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible. Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón». La Declaración, llena de grandeza y de sentido de la historia, en la que el Partido Comunista de España denuncia por primera vez la «artificiosa división de los españoles entre rojos y nacionales». . En la que pide «enterrar los odios y rencores de la guerra civil» . En la que llama a todos los españoles «desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, centristas y socialistas, a proclamar, como un objetivo común a todos, impostergable y posible, la reconciliación nacional». El éxito colectivo incontestable: la Transición. Entonces los españoles asombraron al mundo por su capacidad para reconciliarse con su pasado y consigo mismos. En las calles de Barcelona se celebra una guerra civil, pero hoy, aquí Libres e Iguales quiere conmemorar, quiere reivindicar la España cierta, lúcida, arraigada de la reconciliación. El pacto español El ser de España ha dado lugar a múltiples cavilaciones. Han participado filósofos, escritores, poetas, y hasta entrenadores de fútbol. Pero echando una ojeada a la producción intelectual es fácil convenir un exceso metafísico. España es, sencillamente, una vinculación. España es una convivencia. Un himno sin letra. Un link. No hay más ni menos España en Covadonga que en la ciudad de Cádiz; en el Finisterre que en Cartagena; en Melilla que en Olot. Ni el Apóstol Santiago ni el Tío Pepe contienen la españolidad en un grado mayor o menor que la prosa escéptica de José Pla. O que esta música de la Iberia universal que hemos oído. El hecho diferencial español es más sencillo y sus palabras claves no son enfáticas. España no es, ni siquiera, contrariando a la España hidalga, una cuestión de honor. España es una voluntad, y ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos. Y lo fue desde el primer día. La unión entre Aragón y Castilla no fue la mera absorción de un reino por el otro. Fue la primera piedra de una compleja arquitectura solidaria que ha durado siglos. Y hoy todas las culturas españolas se exhiben y se proyectan con una potencia que jamás conocieron. De ahí que el proyecto nacionalista no pueda evitar su identificación con la xenofobia. Porque en el fondo de todas las argumentaciones para la secesión hay una pasión sórdida, que no se dice: la del que no quiere vivir con los demás. Cíclicamente los nacionalistas aluden, en modo defensa y ataque, al nacionalismo español. Pero ¿qué nacionalismo es ese, qué insólito nacionalismo el que aún no ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra sus compatriotas? ¿Qué extraño nacionalismo el que en vez de fábricas de extranjería insiste en la casa común española? Solo hay un nacionalismo español: el que fija, con sus equívocos, con sus torsiones en pos del pacto, con sus jorobas retóricas pero con su emocionante voluntad de integración, la Constitución española de 1978. La Constitución de 1978 es la paz civil española. No hay convivencia posible fuera de los principios que permiten la integración de izquierdas, derechas, creyentes, ateos, monárquicos, republicanos, castellanos, catalanes… La Constitución integra las diferencias. Consagra a los ciudadanos como titulares de la soberanía. Asegura la libertad y el ejercicio de los derechos. Afirma la igualdad ante la ley. Protege el pluralismo cultural y lingüístico. Y al hacer todo esto garantiza la convivencia. «Diferir incluso de la diferencia en cada grupo diferenciado», como ha escrito Fernando Savater La Constitución de 1978 es la paz civil española. Si el nacionalismo arremete contra la Constitución es porque garantiza la convivencia de los distintos. Porque les reconcilia, les acerca y les suma. Si el nacionalismo celebra una guerra civil española es porque reniega de los principios que hacen posible la paz civil española. España no merece ser defendida por ser una de las más antiguas naciones del mundo. La antigüedad no es un valor moral. Ni jurídico ni político. España merece defenderse porque desde 1978 significa libres, significa iguales y significa juntos los distintos. En el proyecto nacionalista la parte cede al todo, pero nunca el todo cede a la parte. El proyecto nacionalista persigue siempre el encuadramiento. A esta hora en las calles de Barcelona desfilan las masas perfectamente encuadradas en una uve. Victoria, dicen. Vergüenza, decimos. Una modernidad Para desdicha de sus odiadores nacionalistas España no es una voluntad anacrónica. Todo lo contrario: encaja con lo mejor del proyecto moderno. La obstinada voluntad española de vivir juntos los distintos es moderna y políticamente próspera. Y profundamente europea. La idea de la construcción europea se funda sobre el rechazo de algo que le costó a Europa 80 millones de muertos. La idea de que a cada cultura, ¡que es como decir a cada hombre!, debe corresponderle un Estado. España es Europa, desde luego. Lo es por su sistema de ciudades, por sus catedrales, por su geografía. Pero lo es, sobre todo, porque ha integrado en un mismo Estado a los distintos. Por eso hay que lamentar la respuesta general que Europa ha dado al segregacionismo. Es difícil comprender que, ante el reto nacionalista, Europa se haya acogido a la retórica del asunto interno. Asunto interno es una frase peligrosa dicha desde Europa. El que Europa considere el conflicto como un asunto interno español supone algo más que un menosprecio a un Estado miembro: supone una traición al propio proyecto europeo. Y decretada por Europa. Nunca la destrucción de un Estado europeo puede ser un asunto exclusivamente catalán o español. La moral de Europa es, justamente, contraria al asunto interno. Europa es Schengen, desde luego. La libre circulación de las personas. Pero sobre todo es el fin de las aduanas morales. Sí me importa Los nacionalistas han considerado siempre que los catalanes eran los únicos que podían discutir y decidir sobre la independencia. ¡Su asunto interno! Ha sido su primer acto de soberanía. Y hasta ahora exitoso. De ese éxito arranca su grotesco monopolio de la palabra libertad y de la palabra democracia. Los nacionalistas exigen su derecho a decidir a sabiendas de que ese supuesto derecho niega el derecho a decidir de todos los españoles. La democracia que conciben es el gobierno de la minoría. La libertad que reclaman es la que niegan. Sin embargo, han logrado extender la idea de que es justo que los catalanes decidan sobre la suerte de todos los españoles. Y lo más sorprendente es que la idea haya calado entre algunos españoles que no son catalanes. Hay españoles cuya relación con la libertad y con la democracia es compleja. Es decir, acomplejada. Quizá sea en parte resultado de una convivencia demasiado estrecha y prolongada con la dictadura. Y en los más jóvenes, la evidencia de una inaudita culpa heredada. Porque en esta actitud ante el nacionalismo hay resignación, cansancio y acrítica obediencia a la corrección política. Y todos esos rasgos son propios de una ciudadanía vacilante y sometida. De ahí que esta tarde Libres e Iguales lance desde la capital de España una afirmación que es tanto una advertencia como un grito solidario: Sí me importa. Una advertencia a los nacionalistas de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y un grito solidario dirigido al gran número de ciudadanos que bajo la presión, como mínimo moral, del nacionalismo están defendiendo en Cataluña la libertad y la igualdad de todos los españoles. Sí me importa. Si nos importan. Sí me importa que España supiera salir de una dictadura cruel sin una nueva guerra civil. Sí me importan la victoria de la democracia sobre el terrorismo nacionalista, y la memoria y la justicia y la dignidad de las víctimas. Sí me importa que España haya protagonizado la modernización más espectacular del último medio siglo europeo. Sí me importa que por primera vez en su historia España no forme parte de Europa, sino que sea Europa. Sí me importa que haya una lengua en la que puedan entenderse todos los españoles. Sí me importa que las lenguas y culturas españolas ya no sean patrimonio de los nacionalistas sino de todos los ciudadanos. Sí me importa la elemental lógica democrática y solidaria que indica que son las personas y no los territorios los que pagan impuestos. Sí me importa que la trama de afectos española sea respetada y protegida. Sí me importa que el secesionismo sea derrotado. Y que después se impongan las cláusulas de los viejos pactos españoles. Sí me importa la ley. Sí me importa que preservemos nuestra mayor conquista: la paz civil española. España es un problema, sí. España es el inevitable problema del que elige la pluralidad y la complejidad. España, una nación vieja, no puede someterse a las nuevas mentiras nacionalistas. Ella también se contó sus mentiras. Pero fue hace mucho tiempo. Sí, España es un problema. Un problema excitante. España es un proyecto inacabado. Es decir, vivo. España es una pequeña Europa y su futuro será el futuro de Europa. Sí me importa. Este gran reto de la modernidad. Juntos y distintos. Libres e iguales.