Adiós a la playa

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La playa me cansa. O mejor dicho, ya no me divierte como antes. Las cosas han cambiado mucho desde que hace 3 años empecé pasar las tardes en ella, mientras las olas iban y venían mojándome los pies y aclarándome las penas. Esa sensación tan estimulante ha ido perdiendo presencia en mi vida. Ahora ya no me relaja. No llega a resultarme molesta pero se ha vuelto anodina, irrelevante.
Estoy ante el fin de una época. Espero que no sea un fin de fiesta. Aunque esto nunca se sabe. Pero, en breve, una parte importante de lo que me ha sido cotidiano y querido en estos tres últimos años dejará de estar a mi lado. Hemos llegado a esto de una forma lenta, imperceptible pero programada desde la banalidad y la incompetencia. Como me dijo un paciente que hablaba con una voz tan profundamente nasal como sabia: "Muchas veces las cosas no suceden como debieran suceder; o lo que es lo mismo, no son como nos gustaría que fuesen". ¡Cuánta razón tenías, Amaro, pese a tus meleriles y martimiles!. O tal vez fuesen aquellas extrañas pastillas las que te hacían ser tan lúcido en tus apreciaciones cuando tenías el día en calma.
Hace más o menos un mes me pasó una cosa curiosa pero significativa del tremendo cansancio que provoco ya en mí, por corregir a Aute. Se me estropeó el ordenador, tuvieron que cambiarme el disco duro y perdí gran cantidad de información. No se pudo salvar nada de lo que había acumulado en el disco averiado durante  los dos últimos años. Pero tampoco me importó demasiado. Creo que tengo tanto material con el que seguir trabajando que la pérdida de unos cuantos gigas me pareció hasta divertida, estimulante. Era como cuando estás nadando en el mar y te dedicas a hacer el muerto, a dejar que las olas te lleven, que hagan contigo lo que quieras, hasta donde aguantes...
Hay muchísimos proyectos por delante, tal vez demasiados, pero para ir a por ellos hay que que cambiar de coche, de piel y de equipaje.
Decía Fernando Poblet hace muchos año que de vez en cuando hay que saltar del rosal y reinjertarse en otra planta. Y a ver qué sale....De momento, seguiré escribiendo.
Ya tenemos nueva casa: http://paseo-solo.blogspot.com.es/

Hace mucho que te quiero

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Sigue la apoteosis del cine. Spotlight, un maravilloso cuento sobre cómo se pude tener un carro lleno de mierda ante las narices y no verlo. Y Spotlight también habla de que una vez fue posible cierto periodismo ajeno a las trincheras y a la histeria, alejado de la taquicardia y del espasmo violento.


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En el blog de Loiayirga hay una entrada sobre "los-daños-que causan-los-psicofármacos", esa industria tan de moda. Y sobre un youtube del epidémico Whitaker, Loiayirga va y echa aceite hirviendo: "no me fío mucho de los ansiolíticos pero tampoco me fío de los que los critican".
Un día hablaremos con más calma de Whitaker, que se presenta al inicio del vídeo: "Hace unos años escribí un artículo sobre este tema, luego un libro y desde entonces no he dejado de viajar por todo el mundo...". Para sostener ciertos pingües beneficios  basta con decir unas cuantas idioteces, estupideces, hijaputeces y demás (h)eces...". Sobre el tema que nos ocupa y que da de comer a tantos megamorales uno no ha leído nada mejor que "Saving normal", el libro de Allen Frances, pese a su infame y falaz traducción al castellano. Frances sabe de qué habla y enseña porque se define en positivo, sin negaciones ni golpes de pecho.


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"... siempre tuvo una gran habilidad para configurarse un perfil mediático de intelectual izquierdista, puro y no contaminado, para conseguir que se resaltara lo que escribía o decía pero no lo que hacía." O sea, la peor de las mentiras. La que crece sobre unas briznas de realidad.


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Una de las más hermosas películas vistas recientemente. "Hace mucho que te quiero" (Philippe Claudel, 2008). Una historia de amor y conversaciones entre dos hermanas que supieron aguantar los temporales y seguir unidas. Las relaciones humanas son tan importantes. "La muerte de un hijo es la peor de las cárceles. No se puede escapar nunca". Un drama redimido. Emocionante. 

Volver a los diecisiete

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Este invierno sin nieve está dejando caer un puñado de excelentes películas de cine. “La Gran Apuesta” es una de ellas. Ambientada en el Wall Street de los años previos al estallido de la crisis económica finaliza en septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers y es uno de los mejores retratos de la naturaleza humana que he visto en los últimos años. El argumento es simple: en aquellos maravillosos años cuando la banca comenzó a jugar al bacarrá y el dinero fluía a raudales, una serie de agentes de bolsa muy críticos con el capitalismo olieron la sangre que se avecinaba mucho antes de que se viese la herida pero en vez de alertar a los pobres que iban a sufrir la ruina y el desempleo prefirieron subirse a la ola y sacar una cuantiosa tajada del batacazo del  “sistema”. Nada nuevo. Pero llama la atención que sea tan difícil encontrar historias así, que comprometan la moral de los buenos  y de los fariseos, de esos tipos que se pasan la vida dándose golpes en el pecho y llamando “canallas” al resto mientras en su bolsillo van abriendo hueco. Como decía Celine: “Hubo un momento en que todos eran falsos. Hasta los traidores eran falsos".



Cuando el protagonista Baum (Peter Epstein), veterano broker antisistema,  duda duramente entre sus convicciones y 200 millones de dólares y se rinde y le dice a su agente de bolsa “¡vende!” y se convierte en magnate, a uno le parece estar ante las manos de fina piel de Eduardo Sotillos Junior. O sea, ante uno de esos tipos que como  explicó JA Montano “muerden la mano que les dio de comer langostinos”. La dignidad, se hartó de explicar Albert Camus, solo surge cuando un hombre dice “no quiero”. Y solo puede crecer allí donde no todo vale y sobre todo, no todo vale lo mismo.
"La naturaleza, señor Alnutt, es aquello que debemos superar en este mundo", le dice Katherine Hepburn a Bogart en La Reina de Africa y en el blog de Pablo Malo.

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Hablaba ayer de suicidios con PacoTraver, uno de nuestros más gratificantes psiquiatras. Yo pensé que había quedado claro que es bueno hablar del suicidio sin tabúes ni cortapisas y en cualquier medio, que hablar del suicidio no aumenta el número de sucesos y que el Efecto Werther, el efecto imitación, no está demostrado que sea cierto. Pero Paco Traver piensa casi todo lo contrario: Que hay que guardar silencio, que si hay publicidad habrá más muertos y que hacemos lo que vemos hacer a los otros aunque nos cueste el pellejo. Paco explica que los trastornos de la conducta alimentaria y la violencia doméstica probablemente se incrementen con su aparición en los medios. Puede ser aunque también dudo sobre ello. Cierto que la vida es imitación pero el suicidio no es un juego. Y al que quiere saber más sobre el tema siempre le acabo remitiendo a casa de Sergio González Ausina, que cae aquí a mano derecha, en el blog “Ultima carta” y en su sección en FronteraD, en casa de Alfonso Armada. El único trastorno mental donde está demostrado que la pública difusión del fenómeno dispara el acontecimiento ocurre con los pirómanos y su pasión por el fuego: cuantas más llamas ven, más contentos. Esto lo contó Antonio Colodrón hace años en Las tentaciones del mirafuegos.


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Retorciéndome de gozo mientras le coso a la última joya de Nanni Moretti esta frase de Antonin Artaud, loco supremo, sobre el teatro: "Hay que despedazar el lenguaje para mostrar la vida". Eso es lo que ha hecho en la solemne Mia madre el director romano.


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Storytelling

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Pasolini, de Abel Ferrara. Buen trabajo de Willem Dafoe. El potencial provocador de Pasolini es muy superior al de todos estos pequeños majaderos que intentan convertir la vida política en una ópera bufa sin tomar en consideración que no se puede bromear con los derechos de los más desfavorecidos, que no son los nacionalismos periféricos. La provocación no es una humorada, no es un rasgo de carácter ni parte de la estrategia en ese intento cateto de asaltar los cielos. La provocación, como la literatura, exige la entrega en vida. La vida que Pasolini se dejó a manos de unos chaperos a sueldo, en la triste playa de Ostia, en el terrero de un campo de fútbol bajo unas porterías abandonadas, esqueletos viejos.

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Vista Mia Madre. La tercera película de Nanni Moretti sobre el duelo, sobre la separación de los seres queridos. Es un gran trabajo. Hay que sentirse muy seguro y tener la mente muy despejada para lanzar a la pantalla esas imágenes tan pegadas al corazón, al dolor y al filo donde se cortan los sentimientos. Tal vez aún sea posible ir a morir a casa, sin que nadie exija llantos. Que la muerte hay que mirarla cara a cara.


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Anteayer en El País se publicó una durísima andanada contra una de las joyas de la corona de la sanidad pública española: el Plan de Trasplantes dirigido por Rafael Matesanz desde hace casi 25 años. Las acusaciones vienen de personas bien situadas y son tan graves que merecen una explicación urgente. En Jotdown hay una buena entrevista con Matesanz. Pero, por desgracia, la madre del cordero no se menciona. El artículo de Costas y Lozano Trotonda es tan contundente que ya no sé ni por donde viene el fuego....

2016

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Atónito. La portada del número especial de CharlieHebdo para conmemorar el primer aniversario del atentado en París. Se muestra a un dios de aspecto confuso, muy parecido al de los católicos, que nos recuerda que los asesinos siguen sueltos. Desde luego, nadie lo identificaría con el Mahoma que dibujaron tantas veces. Yo pienso que hay mucho miedo detrás de esa portada. No dudo de la valentía de los miembros de ese equipo y quienes les apoyan. Para mí la quisiera. Pero no ha estado bien esa portada. Porque no está bien cambiar el foco del debate porque es desviar la atención. Cierto que el problema global es "dios" pero no se puede hablar lo mismo del "dios" catalán que del "dios" vasco, con mil y pico muertos y millares de exiliados a sus espaldas.
El auténtico problema global es el miedo que atenaza al individuo normal que calla y asiente. Un dictador que se precie sabe que debe castigar cualquier pecado de su grey, incluso el que no se ha cometido: "Yo confieso ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión....". No todos los países gestionan igual las emociones: las infidelidades, para muchos franceses, son como los cruasanes, un orgullo patrio. En cambio, háblale de literatura de los "cuernos" a un napolitano. Pues igual sucede con los terrores, con los miedos.



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Otro año más hemos celebrado la salida y la entrada del año huyendo al paraíso. Es un placer pasear esos primeros días a pecho descubierto por la playa. Pero si el abandono y el descuido con Lanzarote se mantiene habrá que hacer como decía el gran César Manrique: "Nos mandaremos mudar de aquí". No es que se siga destruyendo la isla. Es que no se invierte en su mantenimiento ni en el derribo de las horrendas construcciones que la crisis dejó paradas. Claro que su belleza es inagotable pero se va deteriorando. Suerte que está cerca el Archipiélago Chinijo con sus calles sin cemento.






Noche sin paz

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La resaca de la Nochebuena se lleva mejor si la playa amanece soleada y casi a veinte grados. Es inaudita esta "sensación térmica" que estamos viviendo. Por doler, me duele hasta el aliento y por añorar, se añora hasta la nieve aunque yo no sea montañero. Pero prometo que no tardando mucho viajaré hasta Sils María y madrugaré hasta lo imposible para ver unas nubes mágicas invadiendo los desfiladeros alpinos: eso que llaman "la serpiente de Maloja" y que anuncia los malos vientos.
Olivier Assayas ha hecho una gran película sobre lo que nos irrita, nos preocupa y nos desconcierta el paso del tiempo. Y lo importante que es para una vida equilibrada mantener al compás tiempo y pensamiento. Para contradecirle, la protagonista es Juliette Binoche que cada día que pasa está más hermosa.

https://www.youtube.com/watch?v=wc4KriFl6Eo







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Conocí a Manuela Carmena hace casi 20 años. Yo trabajaba para la Agencia Antidroga de la CAM  y ella era la jueza que buscaban casi todos los inculpados por delitos de trapicheo de "sustancias prohibidas". Carmena no solía condenar a pequeños camellos y pedía para ellos penas compensatorias que solían consistir en ponerse a tratamiento. Todo aquello era bastante razonable. Las cárceles estaban llenas de infelices manejados por los tiburones del tráfico de heroína, que arrasaba a ricos y a obreros.
Las noticias que van llegando del reinado de Carmena no son halagüeñas. Demagogia, populismo y un rimero de mentiras portavoceadas con denuedo. Y que le gusta mojarse el dedo.  Pero jamás pensé que llegaría a ver las fotos de anteanoche, haciendo de monjita de la caridad, rodeada de pobres "sin techo". No se puede criticar la caridad cristiana y acabar en este esperpento. Pensé que el mensaje de los nuevos tiempos incluía que quien desee hacerse un book de tío solidario se lo pague con su dinero. Pero no. Nada ha cambiado. Todo lo pagan con lo nuestro. No nos quitamos a los curas de encima ni con rayos ni con truenos.








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A ver ¿quién conoce a este genio? ¡Ahí lo tienen¡ En el último número de Panenka, a pecho descubierto¡




FIN DE POEMA, hoy en La Nueva España

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The end of the tour" (2015) es una buena película sobre los cinco días que pasaron juntos el escritor David Foster Wallace y David Lipsky, un joven periodista de la revista "Rolling Stone" a finales de 1996. La película está basada en el libro que Lipsky publicó al respecto en 2010 titulado: "Although of course you end up becoming yourself. A road trip with David Foster Wallace". Lipsky entrevistó de forma exhaustiva a Foster Wallace durante los últimos días de la gira promocional por todo Estados Unidos de su novela "La broma infinita" y tuvo la suerte de acceder no sólo al Foster Wallace social, idolatrado por sus fans, sino que pudo entrever cómo era el novelista de Illinois cuando se aflojaba en la privacidad. En este sentido, David Foster Wallace tuvo un trato deferencial con Lipsky, algo muy palpable en la película cuya primera secuencia nos sitúa en el año 2008 cuando el periodista de "Rolling Stone" se entera del suicidio de Wallace.
En la película y en el libro hay una conversación entre los dos hombres especialmente hermosa. Suele haber poco atractivo en las entrevistas prolongadas pero ésta en concreto es larga y, a la vez, sincera, intensa, relevante y apasionada. Lipsky intuye que está ante la faena de su vida y Foster Wallace sabe que enfrente tiene a un periodista que necesitará contar a sus lectores algo más que su pasión por la televisión o por las pastillas de chocolate. Para hacer saltar la chispa Lipsky acusa a Foster Wallace de haber sido poco honesto con él por haberle ocultado temas como su adicción a la heroína. El periodismo valora las drogas y el sexo sobremanera. Wallace sabe que Lipsky sólo busca un buen titular con esa pregunta, pero frena su enojo y contesta tal vez porque Lipsky le ha convencido de que puede ser un buen portavoz de su desasosiego más íntimo. David FW sostiene que nunca había consumido heroína, que sabe de dónde salió ese rumor aunque no sabe por qué y que no está interesado en el mito del escritor adicto a los tóxicos. Reconoce que durante sus años universitarios una terrible angustia le llevó a beber de forma compulsiva y que usó el alcohol como anestésico. En palabras de Wallace que son como pompas de negro dolor: "Aún no sé qué me pasó. Acabé ingresado una semana en una clínica psiquiátrica. Fue terrible. Sé que a eso antes se le llamaba una crisis existencial. Es muy doloroso darte cuenta de que cada axioma de tu vida ha resultado falso y que no eres nada, que todo es delirio, que eres peor porque no puedes funcionar. Me recuperé. Pero estoy seguro de seguir teniendo esas partes enfermas en mí. No creo que cambiemos nunca pero me esfuerzo cada día para que no me dominen." Finalizaba el año 1996 cuando David Foster hablaba así. Doce años más tarde, el 12 de septiembre de 2008, se suicidaría por ahorcamiento.
Si David Lipsky se atrevió a pasar casi una semana a solas con David Foster Wallace, el escritor gallego Juan Tallón se encara en su libro "Fin de poema" con los tramos finales de la vida de cuatro poetas que se suicidaron: Cesare Pavese, Anne Sexton, Gabriel Ferrater y Alejandra Pizarnik. "Fin de poema" es la traducción al castellano del libro homónimo publicado en gallego en el año 2012 y con el que ganó el premio "Castro Lueiro". Y es que la escritura tenue, firme, pausada y perseverante de Tallón ha tejido un libro delicioso. Es muy difícil encontrar un registro respetable desde el que connotar intimidades ajenas. Y más difícil aún es mantenerlo durante todo un relato tan proclive a la asfixia. Tallón da con el tono adecuado para hablar con sus poetas porque antes ha visitado virtual y obsesivamente el Psiquiátrico de Pirovano de Buenos Aires donde ingresaba Alejandra Pizarnik; luego se fue a Boston para entrevistarse con el psicoanalista de la bellísima Anne Sexton (gracias por presentárnosla, Juan). Tras dejar Estados Unidos y antes de volar hacia Turín, Tallón se pasó por San Cugat, por El Mesón, el bar donde Gabriel Ferrater bebía Gin Giró hasta caerse borracho antes de volver a su casa a y a su soledad. Ya en Turín, Juan Tallón pegó un rato la hebra con las mujeres que se negaron a compartir su vida con Cesare Pavese, un autor al que siempre le costó más vivir que trabajar. Fue tras hablar con ellas cuando Tallón comprendió de forma taxativa por qué Pavese dejó, antes de llenarse de Seconal en su habitación del Hotel Roma, la carta de despedida más terrible que recuerdan los tiempos. Ésa que empieza: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos?" y que va dedicada a Constance Dowling, la mujer que acabó con el último resuello de vida del atormentado y sensible Cesare.
A David Lipsky no le quedó más remedio que hurgar en las heridas del alma de David Foster Wallace para que éste transformase su dolor y su vacío existencial en palabra hablada. Juan Tallón ha escrito su "Fin de poema" conduciendo en dirección contraria y ha tenido que cuidarse de que los brillos estetizantes de sus poetas suicidas no le deslumbrasen.
Porque de vuelta a su domicilio orensano Juan Tallón puso uno al lado del otro todos sus hallazgos, como haría un arqueólogo que intenta reconstruir una vasija antiquísima en base a los fragmentos encontrados. Y se dio cuenta de que los cuatro escritores con los que disfrutó tantos ratos habían pasado su vida y su obra hablando de la soledad, de sus bloqueos internos para poder crear o de las dificultades para comunicarse con los demás. Y que de una manera o de otra no habían dejado de anunciar su suicidio desde mucho tiempo antes de ejecutarlo. En "Fin de poema" todo parece conjurarse para que el lector acabe pensando que el suicida nace ya muerto, pero su autor no se deja llevar por ese desaliento porque intuye como Primo Levy, otro suicida, que por muy claras que estén las razones de alguien para suicidarse siempre cabe "una interpretación nebulosa" sobre ellas.
Este "Fin de poema" de Juan Tallón es un libro sobre poetas suicidas. Y es un libro sobre el suicidio aunque tal vez el autor no lo pretenda. En "Fin de poema" se muestran de forma detallada, casi como en una "autopsia psicológica" las entrañas afectivas de unos muertos antes de irse de este mundo por su propio deseo. Se agradece que no haya en "Fin de poema" un solo apunte moralizante sobre un acto dolorosísimo que se intenta vincular con la enfermedad mental hasta límites incompatibles con la realidad y con la autonomía del sujeto.
Decía Cioran que "hablar de suicidio es vencer al suicidio" y se agradece que Tallón haya sido valiente para enfrentarse a sus queridos monstruos y en esos momentos. Y que lo haga escribiendo de una forma tan limpia que tras leerle queda en el aire un aroma de silencio y respeto. Y que aporte este texto tan interesante para una mejor comprensión del acto suicida, habida cuenta del escaso tiempo que pueden dedicar ahora la mayoría de médicos a escuchar con calma a los "enfermos que se consumen por dentro". Agradezco a Juan Tallón que, como hizo David Foster Wallace, haya sido capaz de condensar en símbolos, en palabras o en silencios, la gravedad de los sentimientos más fieramente humanos y de ahuyentar esa imagen espuria del "suicidio literario". El suicidio, por más batallas que se libren en su contra , seguirá siendo "el único problema filosófico realmente serio". Lo que no impide que, con el conocimiento científico como único argumento fiable, donde antes se decía "crisis existencial" hoy tengamos que hablar, en la mayoría de las ocasiones, de un trastorno afectivo grave que precisa tratamiento.