LIBRES E IGUALES, JUNTOS Y DISTINTOS

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 Una guerra civil



 A esta hora, en las calles de Barcelona, miles de personas están conmemorando una guerra civil. Es un raro ejercicio. Su intención no es que el recuerdo sirva a la razón y a la convivencia. Su intención es que la herida permanezca. Hace trescientos años, en el asedio de Barcelona, murieron cerca de veinte mil personas. Ingleses y franceses en el lado borbónico; alemanes y holandeses en el lado austracista… Pero, sobre todo, murieron españoles. Españoles que luchaban en un bando y en otro. Murieron atacando o defendiendo la montaña de Montjuic. Por las calles de la ciudad amurallada. Bajo una lluvia de bombas. Cuerpo a cuerpo, español contra español. El 11 de septiembre empezó a celebrarse a principios del siglo XX. Aunque la conversión de la matanza en fiesta nacional data de la primera ley aprobada en 1980 por el parlamento catalán. No fue una decisión que el entonces presidente Pujol tomara en solitario. Lo apoyaron todos los partidos parlamentarios. Y no hubo un gran debate ciudadano. Algunas personas propusieron, con cierta timidez, la alternativa de San Jorge. El Sant Jordi catalán añade a su origen religioso un amable carácter civil basado en la costumbre, reciente aunque cuajada, del libro y de la rosa. Pero nunca llegó a considerarse con seriedad. Se prefirió la evocación de un episodio sangriento a una pacífica consagración de la primavera. El reproche más extendido que se hizo entonces al once de septiembre tuvo un carácter irónico. ¿Cómo era posible que una comunidad política decidiera celebrar su presunta desaparición? ¿Cómo era posible que prefiriera «la desesperación a la esperanza», por utilizar las palabras de Henry Kamen? Celebraban, celebran, la herida. Una herida entre españoles. Su intención era, y es, que la herida permanezca. Ellos lo llamaron, sin embargo, el día en que Cataluña se rindió ante España y perdió su libertad. A partir del primer gobierno nacionalista, el mito del once de septiembre de 1714 adquiría solemne formalidad institucional. Pero aunque el mito se vista de decreto, mito se queda. Sólo desde la ignorancia o el fanatismo puede presentarse la Guerra de Sucesión como una guerra de España contra Cataluña. La Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica. Una guerra internacional. Y una guerra civil. Una guerra civil entre españoles y una guerra civil entre catalanes. La guerra se libró a lo largo y ancho de España: de Extremadura a Mallorca; de Sevilla a Vigo; de Cádiz a Navarra. Y, por supuesto, en Cataluña, Aragón y Castilla; en Barcelona, Zaragoza y Madrid. La guerra abrió trincheras entre los distintos reinos de la antigua Monarquía. Sí. Pero también las abrió en el interior de cada territorio. Hubo partidarios de Carlos en Castilla y defensores de Felipe en Cataluña. Austracistas en un sitio y en otro. Borbónicos aquí y allá. No hubo un candidato catalán y otro español. No hubo un ejército catalán y otro español. Los dos lucharon en nombre del Rey de España. Los dos celebraron sus victorias como victorias para España. Y los dos lloraron sus derrotas como derrotas para España. Más de siete mil seguidores de Felipe V abandonaron Barcelona cuando las tropas de Carlos tomaron la ciudad en 1705. Los borbónicos no eran una minoría residual. Hay algunas preguntas que hacerse: El último almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera y Ponce de León, ¿era menos castellano o un mal castellano por apoyar al archiduque Carlos? Las ciudades de Cervera, Berga, Ripoll o Manlleu; el valle de Arán, ¿eran menos catalanas que otras ciudades o comarcas de Cataluña por defender a Felipe V? ¿O es que incurrían ciega y colectivamente en el autoodio, esa patología inventada por el nacionalismo para decretar la muerte civil del discrepante? ¿Y quiénes eran más catalanes, de una catalanidad más depurada? ¿La nobleza urbana y la burguesía ilustrada, que ensalzaban las reformas introducidas por los Borbones en Francia? ¿O la aristocracia rural, el clero y los comerciantes y artesanos, que las rechazaban por amenazar sus privilegios? No hubo una Cataluña buena y otra malvada. No hubo una sola Cataluña. Hubo tantas como sus ciudades, tantas como sus facciones políticas, económicas y sociales. Tantas como sus habitantes. Tantas. Como ahora. Esas Cataluñas fluctuaron con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos. Ciudades como Tarragona, Lérida y Gerona cambiaron de bando varias veces. Barcelona sólo cambió una vez, pero con consecuencias trágicas. A unos pasos del antiguo mercado del Borne, hoy convertido en monumento a los mitos de 1714, se levanta una marquesina que parece haber escapado a la manipulación nacionalista. Es la última arenga del general Antonio de Villarroel a los hombres que defienden Barcelona del asedio. Dice así: «Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer.» El 11 de septiembre de 1714, a las 3 de la tarde, Rafael de Casanova firma el último bando austracista. La ciudad caerá al día siguiente, poco después del mediodía. Casanova pide a los barceloneses que derramen hasta la última gota de sangre. «Se confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España». «La libertad de toda España». Por eso decían luchar los unos en 1714. Por eso mismo decían luchar los otros. Tenían convicciones diferentes. Discrepaban en sus intereses. Pero les unía la coincidencia fundamental de España. Y les unió la derrota. La guerra de Sucesión fue un dramático episodio para España. Perdió territorios, influencia, tiempo y vidas. No hubo en 1714 dos sujetos políticos ni dos identidades enfrentadas: Cataluña y España. Tampoco las hubo en 1936. Tampoco las hay ahora. Esta es la verdad que el nacionalismo ha borrado del pasado para que no arruine su presente. El nacionalismo precisa hacer de Cataluña una sociedad unánime, impermeable al pluralismo, identitariamente pura y abocada al enfrentamiento con España. Su empeño es firme. Pero estéril. A esta hora miles de personas conmemoran en Barcelona una guerra civil. Libres e Iguales repudia que el 11 de septiembre sea la fiesta nacional de Cataluña. La celebración supone una afrenta histórica y ética, por más que esté sólidamente institucionalizada. El 11 de septiembre solo tiene un sentido acorde con la verdad: fue el día triste y resignado de recoger los cadáveres de los hermanos. El inicio del duelo. También el de la represión inexorable. Catalanes contra catalanes, españoles contra españoles, ese es el paisaje de 1714 y de todas las guerras que vinieron luego. En ninguna de ellas se ha dado el hecho turbia y desdichadamente fantaseado por el nacionalismo: una guerra donde un ejército de españoles luchara contra un ejército de catalanes: unos por anexionarse Cataluña y otros por ejercer su absoluta soberanía. Justo ese momento que expresa el himno nacional de Cataluña, Els Segadors, un himno falsamente tradicional, que se inventó a fines del siglo XIX, y donde el cuello de esa gente «tan ufana y tan soberbia» de Castilla es rebanado por las hoces catalanas. Así los nacionalistas lograron que el relato de la falsa contienda entre españoles y catalanes se reforzara con una épica musical. También en este caso había un alternativa emocionante, arraigada y desdeñada: El Cant de la Senyera, de Juan Maragall y Luis Millet. Catalanes y españoles nunca han peleado por ser lo que son, llevados por un odio xenófobo. En los enfrentamientos españoles, ciudadanos catalanes y ciudadanos castellanos, vascos, han podido matarse por la religión, por los tributos, por la libertad, por el fascismo o por el comunismo. Los españoles han luchado, y a veces con ferocidad y contumacia, para seguir siendo españoles. Es verdad que para seguir siéndolo a su manera. Y es verdad que esa manera podía ser moralmente muy distante. Pero jamás se mataron para dejar de ser españoles. Los hechos son irrevocables: en más de quinientos años de historia compartida jamás hubo una guerra de secesión española. La reconciliación El poeta Jaime Gil de Biedma escribió que «de todas las historias de la historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal.» Sus versos han reafirmado a quienes cultivan la resignación: esa visión limitada, rudimentaria, de una España diferente, binaria, crispada, empeñada en su propia destrucción. Pero esta no es la visión de la historia. Ni siquiera la del poeta. Gil de Biedma escribe contra la metafísica de la derrota que sirve a los intereses particulares y a la irresponsabilidad general. Habla de una «historia distinta y menos simple». Una historia sin demonios cuyos dueños sean los hombres responsables. Los ciudadanos. Esa es también la historia de España. La gran historia de las reconciliaciones españolas. La historia que acaba bien. Contemos la historia de España como una suma de puntos de luz, de concordia, de cordialidad, de reconciliación. La capacidad de compromiso que demuestran los representantes de la Corona de Aragón cuando en Caspe eligen a un castellano, Fernando de Antequera, como sucesor. La paz de Viena que firman Felipe V y Carlos VI, con su garantía de que «habrá por una y otra parte perpetuo olvido». Perpetuo olvido de los horrores cometidos por las dos partes. Perpetuo olvido para regresar los combatientes libremente a su patria. Perpetuo olvido para gozar de sus bienes y dignidades «como si absolutamente no hubiese intervenido tal guerra». El pacto fundacional por el que España se integra en la modernidad política: la Constitución de Cádiz, por y para los españoles de ambos hemisferios. Para que sean ellos por primera vez los dueños de la nación y de su historia: titulares de la soberanía, libres, independientes y nunca más «patrimonio de una familia o persona.» El abrazo difícil y fraterno que en Vergara pone fin a la primera gran guerra entre liberales y carlistas. El discurso conmovedor que pronuncia Manuel Azaña en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. Este impresionante discurso de la reconciliación que entonces no fue. En el que aclara que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta». En el que advierte que no es aceptable ni posible «una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario» porque siempre quedarán españoles que quieran seguir viviendo juntos. En el que anticipa que la reconstrucción de España «tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto» y la paz, «una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres (…) para hombres libres.» Y en el que sentencia que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra (…) sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible. Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón». La Declaración, llena de grandeza y de sentido de la historia, en la que el Partido Comunista de España denuncia por primera vez la «artificiosa división de los españoles entre rojos y nacionales». . En la que pide «enterrar los odios y rencores de la guerra civil» . En la que llama a todos los españoles «desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, centristas y socialistas, a proclamar, como un objetivo común a todos, impostergable y posible, la reconciliación nacional». El éxito colectivo incontestable: la Transición. Entonces los españoles asombraron al mundo por su capacidad para reconciliarse con su pasado y consigo mismos. En las calles de Barcelona se celebra una guerra civil, pero hoy, aquí Libres e Iguales quiere conmemorar, quiere reivindicar la España cierta, lúcida, arraigada de la reconciliación. El pacto español El ser de España ha dado lugar a múltiples cavilaciones. Han participado filósofos, escritores, poetas, y hasta entrenadores de fútbol. Pero echando una ojeada a la producción intelectual es fácil convenir un exceso metafísico. España es, sencillamente, una vinculación. España es una convivencia. Un himno sin letra. Un link. No hay más ni menos España en Covadonga que en la ciudad de Cádiz; en el Finisterre que en Cartagena; en Melilla que en Olot. Ni el Apóstol Santiago ni el Tío Pepe contienen la españolidad en un grado mayor o menor que la prosa escéptica de José Pla. O que esta música de la Iberia universal que hemos oído. El hecho diferencial español es más sencillo y sus palabras claves no son enfáticas. España no es, ni siquiera, contrariando a la España hidalga, una cuestión de honor. España es una voluntad, y ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos. Y lo fue desde el primer día. La unión entre Aragón y Castilla no fue la mera absorción de un reino por el otro. Fue la primera piedra de una compleja arquitectura solidaria que ha durado siglos. Y hoy todas las culturas españolas se exhiben y se proyectan con una potencia que jamás conocieron. De ahí que el proyecto nacionalista no pueda evitar su identificación con la xenofobia. Porque en el fondo de todas las argumentaciones para la secesión hay una pasión sórdida, que no se dice: la del que no quiere vivir con los demás. Cíclicamente los nacionalistas aluden, en modo defensa y ataque, al nacionalismo español. Pero ¿qué nacionalismo es ese, qué insólito nacionalismo el que aún no ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra sus compatriotas? ¿Qué extraño nacionalismo el que en vez de fábricas de extranjería insiste en la casa común española? Solo hay un nacionalismo español: el que fija, con sus equívocos, con sus torsiones en pos del pacto, con sus jorobas retóricas pero con su emocionante voluntad de integración, la Constitución española de 1978. La Constitución de 1978 es la paz civil española. No hay convivencia posible fuera de los principios que permiten la integración de izquierdas, derechas, creyentes, ateos, monárquicos, republicanos, castellanos, catalanes… La Constitución integra las diferencias. Consagra a los ciudadanos como titulares de la soberanía. Asegura la libertad y el ejercicio de los derechos. Afirma la igualdad ante la ley. Protege el pluralismo cultural y lingüístico. Y al hacer todo esto garantiza la convivencia. «Diferir incluso de la diferencia en cada grupo diferenciado», como ha escrito Fernando Savater La Constitución de 1978 es la paz civil española. Si el nacionalismo arremete contra la Constitución es porque garantiza la convivencia de los distintos. Porque les reconcilia, les acerca y les suma. Si el nacionalismo celebra una guerra civil española es porque reniega de los principios que hacen posible la paz civil española. España no merece ser defendida por ser una de las más antiguas naciones del mundo. La antigüedad no es un valor moral. Ni jurídico ni político. España merece defenderse porque desde 1978 significa libres, significa iguales y significa juntos los distintos. En el proyecto nacionalista la parte cede al todo, pero nunca el todo cede a la parte. El proyecto nacionalista persigue siempre el encuadramiento. A esta hora en las calles de Barcelona desfilan las masas perfectamente encuadradas en una uve. Victoria, dicen. Vergüenza, decimos. Una modernidad Para desdicha de sus odiadores nacionalistas España no es una voluntad anacrónica. Todo lo contrario: encaja con lo mejor del proyecto moderno. La obstinada voluntad española de vivir juntos los distintos es moderna y políticamente próspera. Y profundamente europea. La idea de la construcción europea se funda sobre el rechazo de algo que le costó a Europa 80 millones de muertos. La idea de que a cada cultura, ¡que es como decir a cada hombre!, debe corresponderle un Estado. España es Europa, desde luego. Lo es por su sistema de ciudades, por sus catedrales, por su geografía. Pero lo es, sobre todo, porque ha integrado en un mismo Estado a los distintos. Por eso hay que lamentar la respuesta general que Europa ha dado al segregacionismo. Es difícil comprender que, ante el reto nacionalista, Europa se haya acogido a la retórica del asunto interno. Asunto interno es una frase peligrosa dicha desde Europa. El que Europa considere el conflicto como un asunto interno español supone algo más que un menosprecio a un Estado miembro: supone una traición al propio proyecto europeo. Y decretada por Europa. Nunca la destrucción de un Estado europeo puede ser un asunto exclusivamente catalán o español. La moral de Europa es, justamente, contraria al asunto interno. Europa es Schengen, desde luego. La libre circulación de las personas. Pero sobre todo es el fin de las aduanas morales. Sí me importa Los nacionalistas han considerado siempre que los catalanes eran los únicos que podían discutir y decidir sobre la independencia. ¡Su asunto interno! Ha sido su primer acto de soberanía. Y hasta ahora exitoso. De ese éxito arranca su grotesco monopolio de la palabra libertad y de la palabra democracia. Los nacionalistas exigen su derecho a decidir a sabiendas de que ese supuesto derecho niega el derecho a decidir de todos los españoles. La democracia que conciben es el gobierno de la minoría. La libertad que reclaman es la que niegan. Sin embargo, han logrado extender la idea de que es justo que los catalanes decidan sobre la suerte de todos los españoles. Y lo más sorprendente es que la idea haya calado entre algunos españoles que no son catalanes. Hay españoles cuya relación con la libertad y con la democracia es compleja. Es decir, acomplejada. Quizá sea en parte resultado de una convivencia demasiado estrecha y prolongada con la dictadura. Y en los más jóvenes, la evidencia de una inaudita culpa heredada. Porque en esta actitud ante el nacionalismo hay resignación, cansancio y acrítica obediencia a la corrección política. Y todos esos rasgos son propios de una ciudadanía vacilante y sometida. De ahí que esta tarde Libres e Iguales lance desde la capital de España una afirmación que es tanto una advertencia como un grito solidario: Sí me importa. Una advertencia a los nacionalistas de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y un grito solidario dirigido al gran número de ciudadanos que bajo la presión, como mínimo moral, del nacionalismo están defendiendo en Cataluña la libertad y la igualdad de todos los españoles. Sí me importa. Si nos importan. Sí me importa que España supiera salir de una dictadura cruel sin una nueva guerra civil. Sí me importan la victoria de la democracia sobre el terrorismo nacionalista, y la memoria y la justicia y la dignidad de las víctimas. Sí me importa que España haya protagonizado la modernización más espectacular del último medio siglo europeo. Sí me importa que por primera vez en su historia España no forme parte de Europa, sino que sea Europa. Sí me importa que haya una lengua en la que puedan entenderse todos los españoles. Sí me importa que las lenguas y culturas españolas ya no sean patrimonio de los nacionalistas sino de todos los ciudadanos. Sí me importa la elemental lógica democrática y solidaria que indica que son las personas y no los territorios los que pagan impuestos. Sí me importa que la trama de afectos española sea respetada y protegida. Sí me importa que el secesionismo sea derrotado. Y que después se impongan las cláusulas de los viejos pactos españoles. Sí me importa la ley. Sí me importa que preservemos nuestra mayor conquista: la paz civil española. España es un problema, sí. España es el inevitable problema del que elige la pluralidad y la complejidad. España, una nación vieja, no puede someterse a las nuevas mentiras nacionalistas. Ella también se contó sus mentiras. Pero fue hace mucho tiempo. Sí, España es un problema. Un problema excitante. España es un proyecto inacabado. Es decir, vivo. España es una pequeña Europa y su futuro será el futuro de Europa. Sí me importa. Este gran reto de la modernidad. Juntos y distintos. Libres e iguales.

Un verano tenebroso

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Se nos va yendo el verano como si no hubiese existido. Tal vez ha sido el verano mas breve que recuerdo. El que menos horas de sol ha tenido desde que tengo uso de razón. Quizás el del año 2002, el del año que los amigos Luis Vidal y Eugenia se mataron en accidente de tráfico camino de Galicia, también fuese igual de triste. O peor aún. Aquel aciago día, cuando me despedí de Luis en Parque Principado, horas antes de matarse, llovía a mares. Y luego no recuerdo que dejase de llover casi ningún día. Ha sido un verano muy leve y salvo los días de Lanzarote, sobre todo las horas soñadas por Ignacio Aldecoa en La Graciosa, ha sido un verano artificial, irrelevante, sin sustancia alguna. Por decirlo todo y decirlo en plata, en realidad ha sido un verano triste y decepcionante. Sobre todo por la sensación de inevitabilidad, de atonía vital que se ha instalado en la gente. Por la sensación de hastío, de desidia, de insolvencia, de incompetencia que está asolando las relaciones humanas y laborales. La garlopa de la crisis se está llevando por delante la búsqueda de la excelencia, del trabajo bien hecho, ante la claudicación de la exigencia. Porque en España hace ya años que da lo mismo hache que ochenta. También ha sido el verano de los cobardes, de los que prefieren hibernar envueltos en sus cálidas crisálidas esperando tiempos mejores. De los que imaginan que serán felices en un mundo tan limitado, cutre y deslustrado como sus propios deseos y planteamientos vitales. Parece como si este verano solo lo hubiesen disfrutado los que tienen una buena cantidad de dinero o un buen sueldo estable. El Dinero ha vuelto a retomar el rumbo de la nave. Tanto tienes, tanto vales. Menos mal que hemos podido ver hasta en el agua La Gran Belleza y que Spike Jonze ha rehabilitado en HER el valor de la conversación como médula del deseo. Y menos mal que hace años que supimos que existen zíngaros felices. 


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 El caso Banca Catalana. La pública confesión de Jordi Pujol de sus corruptelas ha hecho emerger entre penas y olvido la figura de dos Fiscales Generales del Estado de los años 80: Burón Barba y Javier Moscoso, que sucumbieron ante las presiones de los gobiernos de Felipe González para proteger a Pujol. La figura de Burón Barba es de un relieve especial. Un hombre íntegro que no tuvo suerte en la vida profesional.  Se enfrentó a tres miuras tres. Y aunque volteado, salió, como dicen en La chaqueta metálica, vivo y entero. Aunque luego prefirió irse a su casa, por dignidad, antes de tiempo. Un episodio muy concreto de la vida de Burón Barba lo recoge Carlos Castilla en su Casa del Olivo, segundo tomo de memorias del psiquiatra cordobés. El pasaje que narra Castilla es demoledor: Burón jugándose el pellejo y Laín Entralgo jugando a las prendas, as always. Burón puso el primer recurso contra la sentencia del 23F por considerarla blanda. Burón puso un recurso contra los jueves Varón Cobos y Hermida por dejar un permiso al capo Bardellino del que nunca regresó. Burón fue el primero en plantear una querella contra Jordi Pujol y 22 colaboradores por el Caso Banco Catalana. 
Sin embargo las hemerotecas parecen haber borrado de la faz de la Tierra a ambos fiscales irredentos. Y se dedican a rehabilitar la figura de Jiménez Villarejo, el de Podemos,  que parece que anduvo por allí un tiempo. El tiempo suficiente para poder decir ahora que no hizo nada porque no le dejó el Gobierno de González. El tiempo justo para haber dimitido como sus compañeros. Pero él no lo hizo. Y me da que tragó el mochuelo.
Por cierto, el obituario de Burón Barba en El País, en 1995, firmado por un tal Bonifacio de La Cuadra dice que Burón perteneció a un grupo de juristas identificados con el PSOE que mantuvieron discrepancias con sus dirigentes "por un diferente modo de entender el derecho". Hay que leerlo para creerlo.



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Bernard Henry-Lévy: ¿Qué he de hacer para igualarte?











Muerte, mezquina muerte...

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MUERTE, MEZQUINA MUERTE.... “EL único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio” Albert Camus. Me conmovió el suicidio del actor Robin Williams el pasado 11 de Agosto. Pero por encima de la tristeza que causa su muerte me llamaron mucho la atención unas palabras suyas acerca de la soledad que me parecen acertadas. No abundan en la literatura del suicidio las declaraciones que escapen al pavor, al sentimentalismo o a la necedad. Pero la frase que vomitó con rabia Robin Williams merece una glosa por su verismo, por su crudeza y por su conexión con la realidad que vemos los clínicos . Se refiere Williams a las gélidas y egoístas aguas en las que flotan tantas relaciones humanas y dice algo así: "el desencadenante de los suicidios no es tanto la soledad, el vivir solo, como la convivencia con alguien que te hace sentir solo". Las palabras de Williams, además de situar al fenómeno suicida en la órbita de las relaciones interpersonales, también nos obliga a pensar en la fenomenología de un acto íntimo, algo que no suele aparecer en los estudios habituales que se agarran con facilidad a la falsa seguridad que dan escalas y neurorreceptores. Tras conocerse la noticia de la muerte de Williams comenzó en los medios de comunicación, donde los libros de estilo aconsejan no informar de los suicidios, un nutrido desfile de celebridades psiquiátricas y psicosociales dando su opinión sobre el suceso. La mayoría de los comentaristas hacían enfásis en la inexistencia en nuestro país de políticas preventivas contra el suicidio aunque resulta muy problemático relacionar directamente el aumento del número de suicidios con la ausencia de planes de prevención. Porque hasta la fecha el único instrumento efectivo en la detección de riesgo de conducta suicida son los antecedentes de conducta suicida. Causa sorpresa la propaganda de instrumentos de detección habida cuenta de que la única herramienta diagnóstica fiable de la conducta suicida es la entrevista clínica . Cierto que en un mundo donde las tradicionales causas de mortalidad se van reduciendo paulatinamente sorprende el auge de las muertes por suicidio. En los últimos 30 años las muertes por suicidio en España han aumentado un 48% por ciento. Este aumento se debe a factores varios: el aumento de la esperanza de vida , la mejor detección de los casos de muerte autoinfligida y el brutal aumento en el consumo de tóxicos estimulantes como la cocaína, que verdaderamente acabará por gobernar al mundo (Saviano dixit). También influyen el uso insuficiente de los fármacos antidepresivos en poblaciones jóvenes y ancianas así como la interrupción de los tratamientos en el grupo de edad que presenta mayor riesgo: los varones de 30 a 49 años. Yo añadiría también el escaso uso de intervenciones psicológicas con los sujetos que realizan tentativas de suicidio, antesala muchas veces de desenlaces fatales. Sea como fuere, el suicidio es uno de los grandes misterios contemporáneos. Y los grandes misterios hay que aclararlos en primer lugar epistemológicamente antes de proceder a elaborar planes de prevención. Porque al tertulianismo se le llena la boca hablando de políticas preventivas pero aún no he leído a un solo experto explicar en qué pueda consistir una de ellas. Y aquí sí que tenemos que hacer una investigación profunda y sensata tratando de identificar factores de riesgo, sobre el terreno concreto y no a base de extrapolar datos de otros territorios geográficos. Cierto que hay países con altas tasas de suicidios que han puesto en marcha planes de prevención con una gran dotación económica que han tenido cierta eficacia. Pero España, Italia y Grecia están entre los países con una tasa de muertes por suicidio más bajas a nivel mundial, en torno al 7 por 100.000 habitantes, muy lejos del 17/100000 que presenta Francia, o de los 11/100000 daneses que se suicidan cada año pese a contar con un Instituto de la Felicidad. Al hablar de prevención antes habría que precisar hasta donde puede llegar la intervención médica en una conducta tan compleja. O sea, no está tan clara la delimitación conceptual de la conducta suicida que ha de ser objeto de atención psiquiátrica porque muchas veces el problema del suicidio es un problema que atañe mas a la libertad humana, o sea una cuestión filosófica, que psiquiátrica. Personalmente pienso que estos casos son minoritarios ( en torno a un 10% del total) y que la mayoría de los casos llevan una patología psiquiátrica asociada. Sirva como prueba del dilema conceptual la figura del filósofo Emil Cioran, que tras pasarse la vida mitificando el suicidio, al final murió en un asilo de París víctima de una demencia senil. Con respecto al caso de Asturias, en varios debates se ha dicho que el Principado carece de un plan específico de prevención del suicidio como tienen algunas CC.AA. con redes de salud mental casi marcianas, caso de Cataluña. Pero la realidad es que la detección y prevención de la conducta suicida es uno de los objetivos específicos que todas las Unidades de Gestión Clínica de Salud Mental tenemos en el Acuerdo de Gestión de 2014 y en el que llevamos trabajando algún tiempo. Cierto que nos faltan recursos humanos para acometer todo lo estipulado por la Estrategia Nacional de Salud Mental pero esta petición no puede convertirse, comme d´habitude, en una simple queja para la obtención de provechos personales. Sobre la mortalidad por suicidio en Asturias hay que recordar que según se recoge en el Plan de Salud Mental 2011-2016: "La tasa estandarizada de suicidios viene descendiendo progresivamente desde 1996. La media de la tasa en los varones para el periodo 1996-2008, es de 99,7 y disminuye en un 3,5% anual con significación estadística) mientras que en las mujeres es de 34,9 y su descenso del 1,3% (no significativo) durante el mismo periodo". Unos datos nada desdeñables habida cuenta de la histórica tendencia a este respecto en Asturias. Desde 2008 hasta 2012 las cifras han sido muy similares, manteniéndose la tendencia a la baja salvo en 2012 donde se produce un incremento en toda España. La influencia de la crisis económica en el incremento de muertes en 2012 no ha podido ser probada por limitación de las herramientas estadísticas y la carencia de ciertos datos clínicos y sociodemográficos. Es una “boutade” el relacionar automáticamente un suicidio concreto con la ruina económica, como han hecho ciertos medios de comunicación. Pero como decía Pavlov, "Somos donde estamos. El hombre no escapa al medio". Y estamos en un país con un 23% de ciudadanos sin empleo. Dentro de las políticas preventivas del suicidio los medios de comunicación deben jugar un relevante papel, ahuyentando temores, evitando noticias sensacionalistas y dando solo datos contrastados. En breve verá la luz un trabajo de la Dra. Rocío Herrera, del Hospital San Agustín, sobre "El tratamiento del suicidio en la prensa española" . En dicho estudio, tras una revisión de las noticias aparecidas en la prensa durante un año sobre el suicidio aparecen datos poco halagüeños como que el 40% de ellas pueden ser catalogadas de sensacionalistas o que el 50% ofrecen informaciones simplistas sobre las causas del suceso. Para concluir me gustaría hacer constar que la conducta suicida, aunque sea un misterio muy atractivo para los investigadores, no deja de ser un acto sin remedio y con un refuerzo extra de todas las connotaciones de mezquindad y dolor que arrastra la muerte de cualquier ser humano. Y que nos obliga a ser prudentes y respetuosos al hablar de ello. PD. Gracias a la Dirección Gerencia del Hospital San Agustín de Avilés por entender que, dentro de la libertad de expresión que consagra la Constitución, cabe también la libertad de conciencia de sus colaboradores. +++++++ LA OMS Y EL SUICIDIO. Habla, con justicia y equidad , el Profesor Ayuso Mateos +++++++ GALICIA Y EL SUICIDIO

Los tres fulgores de Félix Bayón

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El argumento de mi tesis es muy sencillo. La libertad y la igualdad- o la justicia social si lo prefieren- son los objetivos prioritarios de las sociedades contemporáneas. Su logro simultáneo no es fácil, pero es posible y se ha de conseguir una aproximación aceptable. Eso es todo. VIDA DE RAMÓN TRÍAS FARGAS, Els llaberintes de la llibertat, Jordi Amat, 2008. La Magrana Hace casi una decena de años, cuando un servidor intentaba acercarse tímidamente al mundo del columnismo en prensa, tuve la suerte de tratar a un buen periodista que se llamaba Félix Bayón, que trabajó en el diario El País durante los años en que este rotativo fue uno de los mejores periódicos europeos. Eran los años 80, los años de Martín Prieto, de Joaquín Vidal, de Angel Fernández-Santos, de Francisco Umbral y su Spleen, de MaestroHaro y de las columnas referenciales de Fernando Savater, Manuel Vicent, Vicente Verdú o Félix de Azúa. A Félix Bayón no le conocí nunca en persona pero sí que intercambié con él una larga serie de emails que me sirvieron de apoyo para sobrevivir entre los muros de aquella España crematorial, devastada por corruptos, golfos y asesinos. Félix, tan dotado para la comunicación y el compromiso social, no tuvo mucha suerte en su vida con una víscera que, de grande, se le escapaba por la boca y por la escritura a borbotones: el corazón. Y así, se nos fue de repente un domingo de Abril del año 2006, a los 54 años de edad. De Félix Bayón conservo muchas frases, varios consejos y alguna broma que aún hoy me causa la risa, referida a la baja catadura de la clase política andaluza que él conocía especialmente por vivir en Marbella. Tampoco olvidaré nunca su descripción del mundo de los enfermos mentales y de sus familiares. Bayón, que se recorrió casi el todo el mundo en guerra como corresponsal, me contó que nunca había visto tanto sufrimiento en la cara de un ser humano como cuando veía al padre de un enfermo con esquizofrenia que acudía a él a pedir ayuda para intentar tranquilizar al chico durante las crisis psicóticas. El bueno de Félix supo de nuestro trabajo en Avilés y se interesó por él para proponerlo en su ciudad pero no le dió tiempo a ver funcionando el programa de tratamiento asertivo comunitario que se abrió en Málaga para ayudar lo mas cercanamente posible a enfermos y familiares. Félix Bayón ha sido uno de los mejores columnistas españoles contemporáneos aunque su obra haya sido corta. Ahí está como prueba ese libro póstumo tan sólido como hilarante, Vivir del presupuesto, que entre el bueno de Jose Antonio Montano y Arcadi Espada y otros amigos se curraron hasta por los adentros para sacarlo a flote. Vivir del presupuesto es de esos libros que ganan con el tiempo porque los hechos van dando la razón a sus autores, que a menudo se han jugado el pellejo por denunciar las tropelías del poder y sus aledaños. Vivir del presupuesto me recuerda a Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina, pero escrito cuando se corría riesgo al hacerlo, o sea, en plena burbuja económica, cuando casi nada hacía sospechar el desengaño al que hemos llegado. Vivir del presupuesto es la obra póstuma de un tipo iluminado por la verdad camusiana, que es como una luz que ciega pero también ilumina de forma certera el pensamiento. No hay mas que leer el penúltimo artículo del libro, titulado, La Vida en Red donde, en 2005, firma en esta frase que hoy, en 2014, utiliza el gurú norteamericano de Internet Nicco Mele para escribir sobre "el fin de lo grande". Escribe Bayón: "La red es una herramienta completamente democrática que podría transformar el sistema de representación política hasta acabar con la política profesional. Al fin y al cabo, el político, como el periodista o el agente de viajes, no es sino un intermediario más". A este intermediario es lo que un atemorizado Nicco Mele le llama "Lo Grande". Cosas veredes... Pero de toda mi correspondencia con Bayón hay un correo electrónico que releo con frecuencia porque me transmite una especial confianza para aguantar el desaliento e incluso para contener las lágrimas en los momentos de soledad en el desierto, que cada día son más y más desgarradores. El consejo de Félix lo releo y lo acaricio con la mano, como hacen los ciegos, en una hoja de papel que ya va estando deslustrada. Hablábamos de principios morales, de cómo situarse ante el poder del dinero, ante la seducción del poder público, de como tomar de conciencia, conciencia social de aquellos problemas de España que en los años de la posmodernidad burlábamos a ritmo de indolentes pasotismos. Un día, Félix Bayón me envió a quemarropa un correo lapidario, con el temple y la ira de Ethan Edwards en Centauros del Desierto: " ... Y respecto a lo que me preguntas con tanto interés te diré que en mi vida siempre me he orientado en base a tres principios básicos, imperecederos: Libertad, Igualdad y Fraternidad. No he conocido jamás otros principios más válidos ni más modernos". Yo, que esperaba una respuesta individualizada a mis traumas, me dí de bruces con las barricadas de la Revolución Francesa. Bueno, pues el pasado jueves día 14 de Agosto se presentó en Ribadesella una iniciativa ciudadana llamada Libres e Iguales, que reúne gentes de toda condición y procedencia política y que ha elaborado un manifiesto para oponerse frontalmente a la inestabilidad que ha traído a la sociedad española la presentación desde la Generalitat catalana de una propuesta de un referéndum secesionista. Y para tratar de frenar las consecuencias derivadas de dicha actuación y para prevenir actos similares o la repetición de actitudes compensatorias desde el Gobierno central basadas en el deliroide eslógan nacionalista: "Espanya ens roba". Durante dicho acto, me acordé del gran Félix Bayón y de su dolor de España, de su España sentimental y sin banderas. ¡Cuánto le hubiese gustado intervenir en un acto así! Allí estuvo, elegante y educada, la diputada liberal del PP, Cayetana Alvarez de Toledo, que dirigió el acto con una oratoria firme, documentada y precisa. Allí estuvo también, el columnista bilbaíno Santiago González, que sabe mucho del tema porque fue jefe de prensa del consejero socialista en el Gobierno vasco Ramón Jaúregui en los años en que, entre bomba y tiro en la nuca, surgió aquel eslógan: "País Vasco, Ven y Cuéntalo...", apto solo para muy valientes. Allí, en el Gran Hotel del Sella, también estuvieron conocidos a quienes no veía desde los años de plomo del ¡no a la guerra! Y allí, más tarde al anochecer, paseando por la playa de Santa Marina, escuché como la brisa repetía los consejos de Bayón: "Libertad y Justicia Social, Libres e Iguales, no conozco nada más justo ni más moderno". No, no eran voces, ni palabras, ni silencio...Pero, nerudianamente, desde una calle me llamaba... Y me tocaba. No conozco nada más justo ni más moderno, ni más moderno, ni más moderno, ni más moderno...Y la brisa repetía, ¡ven al agua, ven al agua¡ Y me sorprendí musitando una respuesta a Félix: Libres, Iguales y Hermanos. Pero no tontos. Resulta absolutamente intolerable que los nacionalismos periféricos, de esplendor, olor y sabor chotuno, pasen por ser los modernos. Pues no. Lo ilustrado, como decía Bayón, es lo más moderno. Me senté en una terraza y noté como si a mi lado un tipo regordete y de barba negra y poblada estuviese riéndose del pijerío Marbella pidiendo "champán del bueno". ++++++

NATALICIOS EN EL DÍA DE AYER VINO AL MUNDO UN NUEVA TUITERA Y BLOGGERA. LA SRTA. SARA LEDO PÉREZ, QUE PESÓ 2,900 KGS AL NACER. ENHORABUENA A CH Y A PAT.

Retorno a Umbral y a las muchachas rojas

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La tarde se ha metido en lluvia tras los cristales. El domingo se ha quedado santurrón y blando, como sin importancia, sin esa importancia que viene con el sol y con la playa atestada de gente en las terrazas y en  el arenal. Me apetece salir a correr. Y mas ahora que ya no siento ni rastro de dolor en los talones. Uno, tras este tipo de lesiones, se nota como si flotase en el aire, cada zancada es una delicia que nos acerca a la la gloria y al final del camino, paso a paso, con esfuerzo, como cuenta Murakami en su libro de ruta para corredores de fondo.
Son realmente bellas estas tardes de tedio sin plateresco, que tan bien describía Umbral cuando vivía y dormía A la sombra de las muchachas rojas. Sobre todo porque me permiten hablarles ahora de ella, que esbelta y silenciosa trastea por la casa, "encendiendo fogatas de música en las habitaciones mientras yo miro entre ingenuo y extasiado el relámpago de sus ojos y el planetario espontáneo de sus glúteos". Aquí, a la orilla del mar del mar la veo tan hermosa que ni siquiera preciso del material de los sueños para dibujarla. La lectura de Umbral, el sonido inacabado de su Olivetti y el burbujeo constante de su ingenio ayuda a evitar que lleguemos al abismo, a ese abismo en las relaciones humanas que tan bien esboza Martín Winkler en La enfermedad de Sachs:  "Ya hace meses que están juntos. Se ve en la manera que se hablan, en la manera que él la ayudaba a ponerse el abrigo este invierno, en que le da su brazo cuando se van....Nunca miran a su alrededor cuando están sentados en la terraza, en cambio, en otras parejas, suele haber uno que habla y otro que mira a su alrededor para ver si reconoce a alguien o por miedo a ser reconocido".  
Sí, ahora que quieren colgar a César G. Ruano por los testículos que no tenía, tal vez sea el momento de volver a leer con más fuerza la prosa violenta y viva de Paco Umbral, su poesía enladrillada en cada estrofa, su ritmo eterno de danzón y tango vallecano, maricas de terciopelo.... Por cuestiones muy sencillas: porque en todos sus libros se aprende sociología, se derrama la vida y se folla mucho. Y follan hasta las muchachas rojas. Porque la vida es eso, celliniana: mentir, follar y morir. Leer a Umbral, tenerlo presente, vivo, bajo la manga, dispararlo a quemarropa en esta sociedad tan hipócrita y cínica es el mejor antídoto contra la cursilería, el pensamiento correcto y contra los fachas. ¡Joder! Hay que ver todo lo que cabe en estas tardes de neblina y agua.








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"Al pasar los años, te gustaría atrapar de nuevo las palabras dichas por ciertas personas para preguntarles qué quisieron decirnos... Tal vez no supimos comprenderlos o no supimos hacer la pregunta adecuada". Louis Ferdinand Cèline. Viaje al fin de la noche



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MODELAJE: Nos quedamos porque tenemos fe, nos marchamos porque nos desengañamos, volvemos porque nos sentimos perdidos....



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Ah¡ y no dejen de trabajar en vacaciones. Ni se les ocurra desconectar¡¡¡ Lo cuento en Jotdown¡¡¡¡

Bajo el volcán (II)

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Las visitas a La Graciosa se están convirtiendo en la atracción estrella de los viajes a Lanzarote. La Graciosa es la isla mas grande del llamado Archipiélago Chinijo, del que también forman parte Alegranza, Roque del Este y Roque del Oeste. Me gustan los días que vamos a La Graciosa porque tienen algo de viaje mágico. Hay que madrugar para coger el barco en Órzola, que es un pueblo idílico que crece entre arrecifes, hay que aguantar los vaivanes del barco hasta que enfila ya El Río, que es la franja que separa Lanzarote de La Graciosa y luego la tranquila llegada a Caleta de Sebo, la capital de la isla. Caleta de Sebo fue hasta hace muy poquito una pequeña aldea de pescadores donde siempre ha habido una pequeña pero activa flota pesquera. Hoy es un pueblo que ha crecido bastante, no demasiado, pero que tiene un bullicio excesivo para la tranquilidad que emana el resto de la isla. En Caleta se concentran todos los negocios de alquiler de jeeps, de bicicletas y demás artilugios para el ocio. No obstante sigue siendo un placer pasear por sus calles de arena entre sus casas de planta baja, puertas de color azul cielo y encaladas hasta la extremaunción. Es curioso pero la llegada del turismo no ha variado demasiado la fisonomía de la isla. Y es que traer lo que sea a La Graciosa, al ser el barco el único medio de transporte, cuesta bastante. Así que la gente viene aquí con lo extremadamente necesario, lo que da a la isla un aire entre el hippismo de los primeros tiempos y el aroma austero que desprende el Simón del Desierto buñueliano. 
Para mí La Graciosa es una isla sellada. Una isla inaccesible a todo análisis que no tenga en cuenta las palabras que Ignacio Aldecoa escribió sobre ella. Los surrealistas, escribió Juan Cruz, descubrieron que Tenerife era un puñetazo en el cielo. Aldecoa dejó escrito que La Graciosa era un puñetazo en el mar. Ignacio Aldecoa, el gran novelista vitoriano, se pasó la vida huyendo de sí mismo y de sus fantasmas. Hasta que llegó a las Islas Canarias y se enamoró de ellas. De todas ellas pero sobre todo de La Graciosa. Aldecoa escribió un librito muy curioso sobre este viaje que se titula Cuaderno de Godo y que Juan Cruz valora mucho pero a mí no me parece para tanto. Salvo el capítulo dedicado a La Graciosa, a los pescadores de La Graciosa en los años 60. Es un capítulo altamente emotivo. Porque lo que viene a decir Ignacio Aldecoa es que, por fin, en su huida había encontrado el paraíso: en la isla de la soledad. Aldecoa volvió otra vez a La Graciosa para pasar un mes entre los pescadores, haciendo sus faenas, vistiendo sus ropas y comiendo sus jareas y sus potajes. Cuentan sus amigos que al coger el barco para encerrarse un mes en el Archipiélago Chinijo les miró con tristeza y les dijo: "Pasado el mes, por favor, si no puedo volver no me dejéis solo allí."








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Sobre Aldecoa en Canarias, TVE2 hizo este maravilloso documental, dirigido por Juan Cruz y narrado por Iñaki Gabilondo. No es nadie Juan Cruz cazando genios para la causa.
El documental es admirable. En él brilla con luz propia la mujer mas interesante de la Generación de los 50, gran amiga de Ignacio: Carmen Martín Gaite.